La incubadora del diablo

Por Estefanía Pejenaute

¡Alerta spoiler!

Pocas películas me ocasionaron tamaña desolación y terror. A lo largo de mi vasta trayectoria cinéfila (modestia aparte), ni “La mala semilla” de Mervyn Leroy de 1956 pudo con mi inquebrantable temple.
Sin hacer tanto preámbulo la película de la que voy a hablar es “El bebé de Rosemary” de Roman Polanski (1968). Una joven y feliz pareja se muda a Nueva York con toda la felicidad que implica un nuevo proyecto de vida en común. Rosemary (Mia Farrow) y Guy (John Cassavetes) tienen todo para ser felices, incluso sueñan con un futuro hijo que corone tamaña dicha. Aun así, la música enfermiza del comienzo, realizada por el compositor Krzysztof Komeda, avecina un desarrollo terrorífico que genera escalofríos. No todo es idílico en esta pareja, tienen la mala suerte de toparse con un matrimonio de ancianos insoportables, los Castevet, quienes persisten en trazar amistad con los nuevos inquilinos.
El joven matrimonio acepta una invitación al hogar de los viejos y es ahí que la situación cambia y para mal. Rosemary continua con su sueño de ser ama de casa y madre, Guy intenta pegar un papel como actor, rol que por el momento le resulta esquivo. La etérea y perfecta Rosemary insiste con la maternidad, realiza una cena exquisita para su flamante esposo, cuando todo parece ideal, llaman a su puerta, los Castevet dejan como obsequio un postre. La joven saborea el dulce, no le termina de convencer, pero su marido insiste y ella acepta un bocado más. Pronto cae rendida en brazos de Guy quien la lleva a la cama. La pobre comienza a alucinar, sufre de ensueños delirantes, arte, desnudo, catolicismo y violación. Rosemary no entiende qué está sucediendo. Al otro día despierta y como si nada su esposo le confiesa que para no desperdiciar la noche hizo el amor con ella dormida. Abusada y lastimada, Rosemary se siente perturbada. Con el correr de los días la suerte toca su puerta, Rosemary está embarazada y su felicidad es completa. De ahí en más Rosemary pasa las de Caín, su marido la destrata, sus vecinos la atosigan permanentemente y su embarazo le trae dolor y agotamiento. Pasa de
ser una persona a ser un objeto, una incubadora. Sola y desesperada, no sabe a quién recurrir. En cada escena la tensión y destrucción de Rosemary se hace cada vez más evidente. Su rostro pálido y demacrado no resulta interesante para su esposo, que mágicamente consigue el papel que tanto deseaba como actor y hace a un lado a su esposa. En un mar de lágrimas Rosemary pide a gritos ayuda, sin nadie cerca que la cuide, su sufrimiento va en ascenso. Al ver el film como espectador te pones en la piel de la tierna Rosemary y en las miles de mujeres en su misma situación de abandono y desconcierto.

El encierro donde yace confinada la protagonista parece no tener salida. Las manos, la curvatura de la espalda al cargar el gran peso de llevar al hijo del diablo y sus ojos desencajados al ver a su hijo ya nacido. Todo y más hacen de la película el ejemplo máximo de la violencia hacia las mujeres. En la cinta todo funciona desde la música, las tomas y las actuaciones, en especial la de Mia Farrow (el mejor look de la historia del cine) que traspasa la pantalla. El sufrimiento de Rosemary parece tan real que te deja atónito. A John Cassavetes es mucho mejor verlo como director de cine (recomiendo el film “Una mujer bajo la influencia” de 1974). El director Roman Polanski consigue que el espectador se sienta atrapado en ese infierno terrenal en cada escena. Juega a gusto con la mente de la audiencia, al no mostrar la cara del bebé. También con los sonidos, el crujir de la madera del suelo y los pasadizos secretos de la casa. Adictiva y a la vez pesadillesca, nada se le escapa al maldito y sombrío Polanski en este film cargado de ocultismo, machismo y violencia.

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